El arzobispo de Zaragoza, Carlos Escribano, reflexiona sobre el arte mudéjar
El arzobispo de Zaragoza, Carlos Escribano, participó en un foro internacional que conmemora el 25 aniversario de la declaración del arte mudéjar como patrimonio mundial de la UNESCO. En su intervención, destacó la importancia de esta celebración como un momento para reflexionar sobre el papel del arte como un puente entre diferentes pueblos y tradiciones. Recordó cómo, hace 25 años, se reconoció que el mudéjar es más que un estilo arquitectónico; es un símbolo de convivencia y paz. Escribano mencionó que, a partir de la declaración de Teruel en 1986 y su ampliación en 2001, este arte ha dejado su huella en numerosas construcciones de la geografía española. Resaltó la colaboración entre cristianos y musulmanes en la creación de estas obras, que se caracterizan por su sencillez y belleza, y citó ejemplos emblemáticos como el muro mudéjar del edificio donde se llevó a cabo el evento.
Transcripciones
Personalmente para mí es muy grato unirme a este foro internacional que conmemora el 25 aniversario de la aclaración del arte mudajar como patrimonio mundial de la UNESCO.
Esta celebración nos permite mirar hacia atrás con gratitud y nos invita a contemplar con esperanza el papel del arte como puente entre pueblos, tradiciones y creencias.
Hace un cuarto de siglo el mundo volvió su mirada hacia nuestra tierra para ratificar lo que nosotros ya sabíamos, que el mudéjar no solo es un estilo arquitectónico, sino el reflejo de un espíritu de convivencia único en la historia.
Si en 1986 fue Teruel la que abrió este camino, la ampliación de 2001 reconoció que esta arquitectura de la paz impregna cada rincón de nuestra geografía.
En iglesias con torres de ladrillo, decoradas con cerámica y motivos geométricos, observamos el trabajo de distintas manos que encontraron un lenguaje común en la belleza.
Cristianos y musulmanos compartieron conocimientos, técnicas y sensibilidad para levantar estas obras que hoy siguen con nosotros y nos admiran siglos después.
El mudéjar también nos enseña una virtud evangélica, que es la sencillez.
Sus construcciones, realizadas con materiales humildes y sencillos, ladrillo, yeso, madera, cerámica, una vez trabajado se transforman en obras con gran armonía y belleza.
Esto lo podemos contemplar en el muro exterior de este mismo edificio, considerada el muro mudéjar como una de las obras más destacadas del mudéjar de Aragonés, junto a la Aljafería y la Iglesia de San Pablo.
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Personalmente para mí es muy grato unirme a este foro internacional que conmemora el 25 aniversario de la aclaración del arte mudajar como patrimonio mundial de la UNESCO. Esta celebración nos permite mirar hacia atrás con gratitud y nos invita a contemplar con esperanza el papel del arte como puente entre pueblos, tradiciones y creencias.
Hace un cuarto de siglo el mundo volvió su mirada hacia nuestra tierra para ratificar lo que nosotros ya sabíamos, que el mudéjar no solo es un estilo arquitectónico, sino el reflejo de un espíritu de convivencia único en la historia.
Si en 1986 fue Teruel la que abrió este camino, la ampliación de 2001 reconoció que esta arquitectura de la paz impregna cada rincón de nuestra geografía. En iglesias con torres de ladrillo, decoradas con cerámica y motivos geométricos, observamos el trabajo de distintas manos que encontraron un lenguaje común en la belleza.
Cristianos y musulmanos compartieron conocimientos, técnicas y sensibilidad para levantar estas obras que hoy siguen con nosotros y nos admiran siglos después. El mudéjar también nos enseña una virtud evangélica, que es la sencillez. Sus construcciones, realizadas con materiales humildes y sencillos, ladrillo, yeso, madera, cerámica, una vez trabajado se transforman en obras con gran armonía y belleza.
Esto lo podemos contemplar en el muro exterior de este mismo edificio, considerada el muro mudéjar como una de las obras más destacadas del mudéjar de Aragonés, junto a la Aljafería y la Iglesia de San Pablo.
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