Los trabajos arqueológicos en la Catedral de Cuenca siguen haciendo aflorar testimonios del pasado del templo. Una búsqueda de sus orígenes entre la que también se encuentran los vestigios de la antigua calle de la Limosna.
Los trabajos arqueológicos en la Catedral de Cuenca han revelado importantes testimonios de su historia, incluyendo los vestigios de la antigua calle de la Limosna, que quedó sepultada por las ampliaciones del templo a lo largo de los años. Esta vía empedrada, que conectaba la parte alta de la ciudad con el horno del Palacio Episcopal, era utilizada por los más necesitados que buscaban alimento. El descubrimiento de esta calle no solo aporta información sobre la vida medieval en Cuenca, sino que también destaca la singularidad arquitectónica de la catedral, que se erige como una estructura colgante en el paisaje urbano. Las capillas de la catedral, al avanzar hacia la hoz, han dejado al descubierto esta histórica senda. Este proceso de excavación y exploración no solo enriquece el conocimiento sobre el pasado del templo, sino que también busca ofrecer nuevos espacios tanto para los vecinos como para los visitantes, reafirmando el orgullo local por este monumento histórico.
Transcripciones
Los trabajos arqueológicos en la Catedral de Cuenca siguen haciendo aflorar testimonios del pasado del templo. Una búsqueda de sus orígenes que incluyen los vestigios de la antigua calle de la Limosna. Una vía empedrada a las afueras de la antigua catedral que quedó sepultada con el paso de los años por las sucesivas ampliaciones del edificio.
Una calle por la que los más necesitados desfilaban con frecuencia rumbo al horno del Palacio Episcopal para recibir una ración de pan o de trigo. Tenemos que imaginar una especie de camino, senda, empedrado posiblemente, que discurría hasta el horno del Palacio Episcopal. Llamamos camino de la limosna a esta senda que venía desde la parte alta de la ciudad y que llegaba justo hasta las traseras de la catedral, hasta el jardín del Palacio Episcopal y el horno del Palacio Episcopal.
Unos espacios silenciados desde hace siglos y que dan ahora testimonio de que la figura más icónica de la ciudad de Cuenca fue también y de algún modo una casa colgada más en el paisaje urbano medieval.
Al mismo tiempo que las casas se cuelgan en la muralla, la catedral se cuelga en la muralla. La catedral de Cuenca podemos decir que es una catedral colgada. Hay una serie de capillas, la Sacapitural, la Capilla Onda, la Sacristía Mayor, que, digamos, avanzan hacia la hoz, ya está la muralla, se cuelgan en la muralla y dejan fosilizada esta calle engijarrada, que es la calle de la limosna.
La catedral sigue así profundizando en su pasado para seguir abriendo nuevos espacios tanto a sus vecinos como a los visitantes. Una labor retrospectiva e inagotable de lo que fue el templo del que se sienten orgullosos.
Los trabajos arqueológicos en la Catedral de Cuenca siguen haciendo aflorar testimonios del pasado del templo. Una búsqueda de sus orígenes que incluyen los vestigios de la antigua calle de la Limosna. Una vía empedrada a las afueras de la antigua catedral que quedó sepultada con el paso de los años por las sucesivas ampliaciones del edificio.
Una calle por la que los más necesitados desfilaban con frecuencia rumbo al horno del Palacio Episcopal para recibir una ración de pan o de trigo. Tenemos que imaginar una especie de camino, senda, empedrado posiblemente, que discurría hasta el horno del Palacio Episcopal. Llamamos camino de la limosna a esta senda que venía desde la parte alta de la ciudad y que llegaba justo hasta las traseras de la catedral, hasta el jardín del Palacio Episcopal y el horno del Palacio Episcopal.
Unos espacios silenciados desde hace siglos y que dan ahora testimonio de que la figura más icónica de la ciudad de Cuenca fue también y de algún modo una casa colgada más en el paisaje urbano medieval.
Al mismo tiempo que las casas se cuelgan en la muralla, la catedral se cuelga en la muralla. La catedral de Cuenca podemos decir que es una catedral colgada. Hay una serie de capillas, la Sacapitural, la Capilla Onda, la Sacristía Mayor, que, digamos, avanzan hacia la hoz, ya está la muralla, se cuelgan en la muralla y dejan fosilizada esta calle engijarrada, que es la calle de la limosna.
La catedral sigue así profundizando en su pasado para seguir abriendo nuevos espacios tanto a sus vecinos como a los visitantes. Una labor retrospectiva e inagotable de lo que fue el templo del que se sienten orgullosos.
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